Publicado En: Lun, ene 16th, 2017

ENTRE YUMBEL Y YUNGAY

Por Cristián Labbé G.

Cursé una apuesta entre mis alumnos para ver quién sabía qué y por qué se celebraba el 20 de enero… Solo uno se aventuró y, con cierta pachorra, se acordó de san Sebastián (de Yumbel), el santo de las flechas; el resto “mutis por el foro”. Pensé… pobre roto chileno, ya nadie se acuerda de él… Tampoco fue sorpresa comprobar que nadie estaba al tanto del origen del término y mucho menos por qué se celebra en esta fecha… Molesto y desconsolado les hice saber que el término “roto chileno” es único y ha sido considerado la figura de identidad nacional, arquetipo de la chilenidad y usado con connotaciones afectivas e incluso épicas, desde comienzos del siglo XX.

Se podrá argumentar ligeramente que no tiene nada de grave un desconocimiento de esta naturaleza… estamos en un mundo globalizado, somos ciudadanos del orbe, vivimos la posmodernidad en vivo y en directo; hoy manda la cumbia y la PlayStation; nos informamos por las redes sociales, Facebook, Instagram; la guerra es  electrónica, a control remoto, lejos de la casa  y de 8:00 a 22:00 horas; la bandera, el escudo y el himno nacional son para muchos símbolos fetichistas y de desviaciones militaristas… ¿Qué importancia tiene entonces, saber que fue en Perú, 1839, durante la Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana, cuando las tropas chilenas vencieron el 20 de enero a las fuerzas confederadas en la batalla de Yungay y de allí la canción de Yungay, el monumento al Roto chileno y el Día del Roto Chileno?

Esta fecha fue por incontables años esencia y símbolo máximo de la chilenidad; a partir de aquel día la relación cívico-militar adquirió caracteres míticos en el alma nacional. Esto explica el persistente interés del mundo político y en particular de la izquierda por olvidarlo, y asestarle un agravio tan severo e inclemente al honor y la dignidad militar como para desafectarlo de la civilidad.

Nada mejor que dividir… separar a los militares de ayer, de los de hoy, y a la comunidad nacional alejarla de los valores nacionales propios de la chilenidad. A los militares de ayer, humillarlos con detenciones injustas e inhumanas, con juicios políticos, con persecuciones vengativas y odiosas, con una asimetría jurídica impresentable, y a los militares de hoy someterlos a la total dependencia de la política mediante un manifiesto y publico interés por intervenir, económica, estructural y funcionalmente las instituciones.

Con la civilidad la cosas corren por el carril de cuestionar todas nuestras tradiciones y costumbres  que en el pasado fueron ritos sociales sagrados: había que izar la bandera los lunes en los colegios, había que saludar al señor cura -este andaba de sotana, no de hawaianas-, “levántese y dele el asiento a la señora…” a la vecina se le decía tía y no… “la vieja tal por cual”, cúmulo de tradiciones, valores y expresiones que nos singularizaban y nos daban identidad y enriquecían nuestra cultura.

“Cantemos la gloria /del triunfo marcial /que el pueblo chileno /obtuvo en Yungay”

“Honor y gloria al roto chileno…” y que el gobierno de una vez y para siempre, en lugar de perseguir a los soldados, destine esos esfuerzo y recursos a hacer un buen gobierno, a pacificar al país (especialmente la Araucanía) y a restaurar la chilenidad y la unidad nacional.