Publicado En: Mie, ene 4th, 2017

AÑO NUEVO Y EL DIOS JANO

Con un grupo de tertulianos, en uno de esos modernos café adonde se acostumbra ir ahora, repasábamos las “cábalas” de tiempos inmemoriales para esperar el año nuevo: echa un anillo de oro en la copa si quieres más dinero; cómete 12 uvas cuando sean las 12; ropa amarilla para que te vaya bien; da la vuelta a la esquina con una maleta si quieres viajar y, en fin, cuando el reloj dé las doce toma una escoba, abre la puerta y destierra todas las vibras negativas…

Íbamos a iniciar el “racconto” del año pasado cuando llamó nuestra atención un grupo mujeres jóvenes que conversaban muy entusiasmadas -sin importarles que las escucharan, y quizá deseosas de ser escuchadas- sobre sus proyectos para el año nuevo: dónde sería la previa; el look a lucir, con quién irían. ¡Eso no significa que voy a estar toda la noche con él, cada uno en su onda, cachay!, comento una con gran desparpajo… Nos quedamos mirando y nuestra conversación giró abruptamente a “¡cómo cambian las cosas…!” Para nosotros pensar en el año nuevo era evocar viejas supersticiones y luego sintetizar lo pasado y lo por venir en temas como seguridad, La Araucanía, las elecciones presidenciales, las parlamentarias, la evolución de las economía.

Un parroquiano nos sacó del pasmo en el que habíamos caído, diciendo… “Esa es la realidad…  ya nadie se juega la vida en este país y menos lucha por una causa, ya no hace falta, somos libres, vivimos en democracia y nuestros derechos están garantizados. ¿O no? Podrá variar un poco la economía, algo más de desempleo, menos crecimiento, pero nada más grave que eso va a pasar…”

Coincidimos en que aun cuando se parta con la muletilla “en este país está la escoba” en general la mayoría, en su fuero interno, especialmente los más jóvenes, suponen que las cosas no van a cambiar mayormente. De allí entonces la abstención política, la desafectación con las autoridades, la falta de compromiso con cualquier cosa que se aparte de los intereses inmediatos… Las causas son variadas, pero sin duda el efecto es el que estábamos presenciando.

Es aquí donde nuestra sociedad exhibe su carencia de liderazgos y ausencia de personajes con estatura, carácter, talante, capaces de convocar a una juventud que no cree en nada y que vive al día. ¿Cómo hacerles ver que el futuro está lleno de oportunidades, que es de ellos y para ellos?

Uno de los presentes aseveró que es el sino de la postmodernidad: “El hombre se ha endiosado y su soberbia lo ha llevado a prescindir de su pasado…”  El sentido de este día, como el de otras fechas, se ha perdido… ¿quién sabe que el primero de enero se celebra desde el tiempo de los romanos, que dedicaban este día en honor del dios JANO, «que tenía dos caras… una que miraba hacia adelante y una que miraba hacia atrás», o que en la edad media el Papa Gregorio XIII lo adoptó como el primer día del calendario gregoriano y que desde entonces el mundo occidental ha mantenido la costumbre de celebrar esta fecha como una forma de rendir tributo al pasado y principalmente como una oportunidad para renovar el compromiso con el futuro…?

Después de varios cafés concordamos en que el año nuevo es todo un símbolo de futuro, de ese que para los débiles resulta inalcanzable y para los valientes constituye una oportunidad. Nos despedimos con palabras resueltas… “¡Manos a la obra! Que no nos dominen las minorías odiosas, que se reconozca nuestro pasado y que el futuro nos traiga paz, justicia, tolerancia y progreso social… Nadie más que nosotros podrá construir nuestra propia felicidad” ¡Feliz Año!.

Por Cristián Labbé Galilea.